Unos vecinos de Puigpunyent cuentan que un día quisieron seguir a s’Esporlerina para descubrir el lugar exacto donde cada año encuentra las setas (lo que en Mallorca se denominan agres): «Debió percatarse de que la seguíamos y al entrar en el bosque se esfumó», aseguran sorprendidos.

La persona de quien hablamos es Joana Balaguer Pons, una ávida y veterana cercadora de bolets de esta localidad de la Serra de Tramuntana. Balaguer recuerda que la primera vez que fue a buscar setas debía tener unos 12 años. Se encontraba con su padre en el bosque de Conques y, poco después llegó su abuela: «Estábamos cerca de una encina enorme y oí a mi abuela que me decía: ‘Ei Joana, que les deixes!’. Me dio mucha rabia porque no había visto las cames-seques que había allí». Los agres que conoce se los transmitió su padre -Mateu- y este los descubrió por su madre, Joana Aina Sineva, ambos oriundos de Galilea. «Yo siempre busco setas donde sé que hay», afirma Joana, quien también explica la manera para saber si habrá cames-seques, las cuales siempre suelen aparecer en encinares: «Tienes que decantar la hojarasca de debajo de la encina y si ves una especie de polvo blanco, como si fuera harina o polvos talco, esto indica que habrá dentro de poco».

Lleonard Borràs (derecha) con su amigo Tomeu, después de una fructífera mañana buscando setas.

Lleonard Borràs (derecha) con su amigo Tomeu, después de una fructífera mañana buscando setas. B. FONT SBERT

Aprender a encontrarlas

Lleonard Borràs Mateu es, en el buen sentido de la palabra, un adicto a buscar setas. De muy pequeño iba a cazar con su padre y sus cinco hermanos a Bunyola, donde nació, y en el camino ya encontraba algún esclata-sang. Dice que cuando cazaban con filats estaba más pendiente de mirar el suelo, por si veía alguna seta, que de los tordos. Su padre, Pep, lo entrenó de una forma peculiar: «Primero, él entraba en un agre y me decía cuántos esclata-sangs había y no nos íbamos a otro si no los había recolectado todos». Explica que se trataba de aprender a mirar, de entrenar la vista, algo que la abuela de Lleonard también había enseñado a su hijo. Curiosamente, Lleonard explica que cuando llega a casa y limpia las setas (los esclata-sangs con un paño seco y los otros con agua), recuerda exactamente el lugar donde los ha encontrado.

«Como todo el tiempo estás mirando, es fácil encontrar objetos que alguien se ha descuidado, por ejemplo cuchillos, hoces, un càvec y también suciedad que la gente deja», lamenta Borràs. Recuerda que una vez su hermano perdió las llaves del coche y que volvió sobre sus pasos y las encontró. Quien no tuvo tanta suerte fue su padre que había recogido 10 kilos de esclata-sangs. Al sentirse cansado, decidió reposar debajo de un pino y se quedó dormido. Al despertarse le había desaparecido el paner y las setas». Tampoco tuvo suerte Diego, amigo de Lleonard: «Fuimos a Cas Bergantet a buscar esclata-sangs y llevábamos dos cestos llenos, que dejamos en su coche, que estaba aparcado delante del cementerio de Bunyola y, con mi vehículo, fuimos a tomar una cerveza al bar del pueblo. Al volver, se encontró que le habían abierto el maletero y que se los habían robado».

Gabriel Sureda Carrió tiene unos 30 años y es de Artà. Explica que hay muchos cercadors a quienes no les gusta que se vea su coche aparcado en la carretera: «Es un indicador de que cerca hay agres y pones en alerta a quienes no los conocen». Su pasión por las setas empezó de muy jovencito: «Tengo un recuerdo vago de ello, con mi padre y mi abuelo, creo que tenía unos cuatro años». Para él, ir a coger setas es «una manera de subsistir de los frutos que da la tierra, como también lo es buscar espárragos y caracoles o cazar». Cuando se hizo mayor, empezó a buscar setas por su cuenta: «Al principio me desilusioné un poco porque de todas las que cogía, la mitad no eran comestibles (como los esclata-sangs de llet y los peus de rata amarillos) y, poco a poco, mi padre me enseñó a elegirlas», apunta. «Nunca hay que comer las que no conoces –advierte–, por ello, una buena guía es el libro Bolets de les Illes Balears, de Carles Constantino y Josep L. Siquier».

No hay que perder la educación

Biel también explica que no se suele decir dónde hay un agre, especialmente si en este puedes llenar el paner en 10 minutos. Comenta que una vez tuvo una mala experiencia: «Me llevé a un compañero para ir a buscar esclata-sangs a un agre que él no conocía. Pasados unos días volví otra vez allí, pero en esta ocasión fui solo. Al llegar a casa, vi que no llevaba el teléfono y regresé de nuevo para encontrarlo. Mi sorpresa fue mayúscula porque cuando recuperé el aparato vi al compañero repasando las zonas donde había pasado... Lo normal es que me hubiera avisado». También cuenta que se ha encontrado vecinos que cuando se ponen a caçar bolets no dan los buenos días. Lleonard explica lo que le pasó, hace unos ocho años, en este sentido: «Estaba cogiendo setas y empecé a oír voces que eran de tres mujeres que venían hacia mí, pero que no me habían visto. Al percatarse de mi presencia, vieron que estaba cogiendo esclata-sangs y, literalmente, vinieron corriendo hacia mí, sin saludar, y se pusieron a mi lado a buscar donde yo estaba. Ante esto, me levanté y me fui por dónde ellas habían venido y acabé de llenar el paner de todos los que habían dejado para venir donde yo me encontraba. No pude reprimirme y les dediqué un grito: ‘Beneites!’».  

Un ‘agre’, un secreto

Joana Balaguer destaca que para ir a buscar setas «tienes que ser un poco espabilado: muchas veces llevaba esclata-sangs de un sitio y daba media vuelta al pueblo para que no supieran de dónde venía. Ahora también voy a buscar setas con mis nietos. Cuando empezaban a venir conmigo había gente que quería aprovecharse de su inocencia y les preguntaba: ‘¿Dónde vais a buscar esclata-sangs?’, pero ellos siempre respondían: ‘A Son Cotoner’, y así evitaban dar señas».

Llegar al agre el primero es otra premisa que sigue Lleonard, especialmente si este es conocido por mucha gente del pueblo: «A mí me gusta estar en el sitio con los primeros rayos de sol, si tengo que esperar cinco minutos a que se haga de día, no me molesta». También iba a buscarlos muy temprano Joana Balaguer. Recuerda que su tía le descubrió un agre en la tenassa del Pla de s’Argelagar, en Son Fortesa: «Mi madre, que trabajaba allí, no quería que conociera este redol porque sabía que yo iría a buscar setas y resulta que este agre estaba reservado a los señores de la possessió. Cuando llegó la temporada de esclata-sangs fui allí con mi padre temprano y nos encontramos con Benet ‘des Forn’ y sus tres primos y encontramos muchas setas, pero teníamos claro que a las nueve y media teníamos que irnos de allí porque a esa hora llegaba el señor junto al criado acompañados de dos perros rabiosos. Es curioso porque mucha gente iba a buscar setas y no la veías, pero al oír los perros parecía que había un rebaño de ovejas: todo el mundo huía de allí».

Para Biel es importante ir temprano, pero también encontrar el momento, «especialmente si estamos entre semana ya que no hay tanta gente buscando y es más fácil que la búsqueda tenga éxito», afirma. Pero donde seguro que la búsqueda no resulta infructuosa es allí donde había un pinar que se quemó. Joana y Lleonard apuntan que cuando ha habido un incendio, unos años después (ella afirma que tres y él ocho) está lleno de esclata-sangs. «Por ello, busco en zonas donde veo pinotells», confiesa Lleonard.