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Hace unos días falleció Bruno Barbey, fotógrafo de la agencia Magnum, suizo/francés, nacido en Marruecos. Se ha ido en plena actividad, a sus 78 años, acabando de publicar un espectacular libro, Color of China (abril 2019), con 300 imágenes obtenidas entre 1973 y 2018, una parte importante de su vida dedicada al gigante oriental. Hizo sus primeras armas en el Mayo Francés de 1968. Josef Koudelka estaba haciendo lo propio en las mismas fechas, en Praga, en plena invasión soviética. Buena cosecha de fotógrafos de raza la de aquellos años. Barbey fue un referente para mí desde el primer momento que conocí su trabajo. Sus historias, publicadas en National Geografic y Geo, me habían ido mostrando el mundo a través de una mirada con la que yo me identificaba. La vida hizo que acabáramos encontrándonos en diferentes proyectos, el último fue en Filipinas, al que voy a referirme. Pero, antes que eso, fue en Vietnam, en una recepción ofrecida por el gobierno Vietnamita en el Palacio Presidencial de Hanoi, donde tuve la satisfacción de decirle que desde mis tiempos de amateur y principiante había seguido su trabajo con devoción. Me emocionó contárselo, pensé que se lo debía, que posiblemente yo estaba allí gracias a él y a otros cómo él.

Esta noticia ha traído a mi mente una anécdota curiosa de la que él no formó parte, pero en la que hizo de introductor involuntario. Un proyecto de un editor francés concentró a un grupo de fotógrafos internacionales en el Hotel Garden Plaza de Manila, donde se había instalado el centro de operaciones para aquella intensa semana de trabajo sobre el país. Al poco de llegar del aeropuerto me encontré a Bruno en la cafetería del vestíbulo del hotel. Junto a él estaban Gueorgui Pinkhassov, de origen ruso y nacionalidad francesa, también fotógrafo de la agencia Magnum, y Péter Korniss, fotógrafo rumano residente en Budapest. Bruno nos conectó a los tres pero no pudo quedarse con nosotros, algo le urgía. A Gueorgui y a Pèter los conocía también de anteriores encuentros, pero ellos no se conocían entre sí. Al entablar conversación me di cuenta de que Gueorgui hablaba francés y ruso pero no inglés, y Péter hablaba inglés y húngaro pero no francés. Entre francés e inglés iba a ir la cosa, de modo que, dentro de mis limitaciones, puse la mejor voluntad en convertirme en traductor del uno para el otro y viceversa.

En esas estábamos cuando pasó por delante de nosotros un botones del hotel exhibiendo una pizarrita en la que se leía, escrito en tiza blanca, «Mr. Guerrero», mientras hacia sonar discretamente una campanilla y buscaba con la mirada a quien pudiera identificarse como tal. Péter Korniss demostró que tenia algún conocimiento de español y exclamó: «¡Guerrero! Warrior! I would not like my name to be Guerrero». No me dio tiempo a traducírselo a Pinkhassof porque, de repente, a Péter se le había encendido una lucecita: «¡Yo hablo ruso!», dijo como si él mismo lo acabara de descubrir. Lógico en un rumano educado en Hungría en plena Guerra Fría, pensé. Y se dirigió en ruso a Pinkhassov. Y comenzaron a conversar en ruso animadamente. Yo, claro, en blanco, sin enterarme de nada.

En aquel triángulo imposible siempre había uno de los tres que se perdía lo que hablaban los otros dos. Había que traducir. Era divertido, pero agotador después de veinte horas de avión sobre nuestras espaldas.

Tras un rato de aquella peculiar charla Pinkhassov y Korniss decidieron retirarse. Yo me quedé, el jet lag me tenía demasiado espabilado para meterme ya en la cama. Mientras esperaba otro café descafeinado oí de nuevo la campanilla del botones. De manera distraída lo busqué con la mirada y me quedé de una pieza. Esta vez, blandiendo la misma o parecida pizarrita, estaba preguntando por «Mr. Pacífico». 

Cada vez que cuento lo que me pasó aquella tarde en el Hotel Garden Plaza de Manila tengo la sensación de que no voy a ser creído. Cuando eso me ocurre, al narrar experiencias que pueden parecer imposibles, que las hay, me quedo con que a mi me basta con haberlas vivido. Cartier Bresson, un trotamundos sobrio y afilado, llegó a la conclusión de que «fotografiar es vivir». Hoy he sabido que aquella fue la última vez que vi a Bruno Barbey, pero a estas alturas su muerte no me entristece. Le recuerdo con igual admiración que en mis tiempos de amateur. Cuando una vida ha sido tan larga e intensa, morir es simplemente un punto final, inevitable y justificado.

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