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Ruina inminente

La otra noche estuve charlando un rato con los participantes en un club de lectura. Era una noche magnífica, estábamos en un lugar maravilloso y todos teníamos motivos para sentirnos muy bien: al fin y al cabo, en medio de una pandemia, todos gozábamos de buena salud y de una cierta estabilidad económica. A ninguno de los participantes lo habían despedido del trabajo y ninguno había tenido sobresaltos familiares o económicos. Y por si eso fuera poco, estábamos bebiendo vino tinto del Alentejo portugués –ese gran desconocido– y disfrutando de una noche incomparable en uno de los lugares más bellos del mundo. Créanme que no exagero.

Y aun así, el estado de ánimo 

que reinaba entre nosotros no era en absoluto alegre ni optimista. Justo lo contrario, todos estábamos contagiados por esa sensación sombría que los ingleses denominan «impending doom» y que es muy difícil traducir al castellano (podría traducirse, de forma aproximada, como la certeza de que va a ocurrir algo irreparable). Y eso «algo» oculto en la palabra «doom» tiene que ver con la ruina económica y con la destrucción moral, pero también con el destino y con la fatalidad y con una maldición quizá merecida y en el fondo inevitable. Pues bien, eso era lo que sentíamos aquella noche. Porque todos estábamos convencidos de vivir en ese momento de ruina inminente. Si las cosas nos iban bien, tarde o temprano iban a cambiar las tornas y empezarían a llegar los despidos y las penurias. Y peor aún, todos nos veíamos condenados a una destrucción inexorable, como si ya estuviéramos sentenciados y nada ni nadie pudieran evitar nuestro destino. Pero no sólo nosotros como individuos, sino también –y eso era lo más grave– todos nosotros como sociedad, porque la ruina inminente estaba condenando a desaparecer todo lo que habíamos aprendido a considerar nuestro, todo lo que amábamos, todo lo que nos había acompañado a lo largo de nuestras vidas: una cierta prosperidad, un Estado eficiente, una sociedad pacífica y civilizada y una vida política regida por el acuerdo en las cuestiones fundamentales. Pues sí, todo eso –que era nuestra forma de entender el mundo– ya lo veíamos como algo definitivamente perdido y que ya no volveríamos a disfrutar jamás.

¿Exagero? No, no exagero. Ya sé que habrá gente –los optimistas profesionales– que nos considerarán cenizos o asustaviejas (hay un prototipo de pensador de este tipo, por lo general profesor universitario con muchos quinquenios a cuestas que se considera un heroico luchador antisistema pisoteado por la sociedad mercantilista), pero entre nosotros había gente de ideologías diversas y más bien inclinadas hacia la izquierda. Y a pesar de todo, esa sensación de desastre inminente nos afectaba a todos. Incluso hubo quien profetizó que un día –quizá antes de lo que nos imaginamos– la Unión Europea se hartaría de nosotros y nos daría una patada en el culo. España no es un país pequeño como Grecia, y si un día se hacía inasumible mantenernos, no era inconcebible que nos señalaran muy educadamente la puerta de salida. Y si eso ocurría, ¿qué iba a pasar? En ese momento empezamos a hablar de cambiar de vida y de huir a otro país –un país menos cobarde, menos amargo, menos salvaje, menos idiota–, pero la triste conclusión fue que ya no había ningún sitio a donde huir. La pandemia lo había cambiado todo. Todos los países se habían cerrado como fortalezas y todos trataban a los refugiados y a los inmigrantes –ya fueran ricos o pobres– como amenazas que ponían en peligro su precaria existencia. En otros tiempos uno siempre podía soñar con emigrar a la Argentina, a Australia, a Nueva Zelanda, a California, a Nueva York. Pero ahora eso ya no era viable. En Argentina estaban mucho peor que nosotros. En California y en Nueva York estaban viviendo lo mismo que aquí (esa ciega pulsión nihilista que estaba destruyendo la sociedad intentando imponer una sociedad perfecta). Y en Australia o Nueva Zelanda no querían saber nada de extranjeros ni de refugiados. No, huir a otro sitio ya no era posible.

Hace casi un siglo, T.S. Eliot reflejó ese mismo estado de ánimo en los versos de La tierra baldía. «Aquel que estaba vivo, ahora está muerto/ nosotros que vivíamos, morimos/ con algo de paciencia» (cito por la magnífica traducción de Sanz Irles). Eliot escribió esos versos en los años de la Primera Guerra Mundial, quizá imaginando que se acercaba otra ruina inminente, otra condena, otra maldición inexorable. Y ahí vivimos ahora todos nosotros, en esa tierra baldía que está condenada a desaparecer.

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