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Boulevard | La discoteca Tito’s es la catedral pagana de Mallorca

Marlene Dietrich se desnudó de cintura abajo para desafiar a los organizadores, los duques de Windsor aguardaban a la salida del bailaor flamenco en el callejón para seguir la fiesta

Juliette Greco, fallecida el mes pasado, cena en 1963 en el restaurante El Patio, situado en las inmediaciones de Tito’s.

Juliette Greco, fallecida el mes pasado, cena en 1963 en el restaurante El Patio, situado en las inmediaciones de Tito’s.

He pasado tres mil noches en Tito’s, sin beber una gota de alcohol. Tengo la tarjeta VIP de la discoteca, que nunca he empleado. En 1985 publiqué en exclusiva la resurrección de la sala de fiestas como Tito’s Palace, ahora completamente cerrada y con los pioneros ascensores panorámicos separados del edificio. En la pista he visto nacer parejas que siguen casadas cuatro décadas después, y a próceres mallorquines con mujeres que podían ser sus hijas, salvo que eran sus hijas a las que protegían de la perdición.

Porque Tito’s es la catedral pagana de Palma, vecina de la catedral cultural del Auditórium, y ambas mirando al mar al igual que la catedral religiosa. En cuanto a la incidencia de sexo y drogas, los acontecimientos descubiertos en las golfes de la Seo y que obligaron a la intervención fulminante de Sebastià Taltavull privan a la discoteca del liderato.

Solo puedo hablarles del Tito’s en que Jota Jota se acercaba tan peligrosamente a Cristina de Borbón junto a la pista, que la policía que escoltaba a la Infanta se llevaba la mano al bolso donde no guardaba un paquete de kleenex. Me gustaría contarles historias de aquella sala de fiestas tan grande que ni Marlene Dietrich consiguió llenarla en 1973. Casi hubo que sacarla en brazos del escenario, selló la gala con un despectivo «creía que me habían contratado para un night club, y esto es como un circo cubierto», de nuevo la comparación catedralicia. Para desafiar a los organizadores, se desnudó entre bastidores de cintura abajo, el sueño de cualquier mitómano.

El Tito’s de Antonio Lamela renació con cinco mil espejos, pero ustedes preferirían que les refrescara la imagen pinturera de Eduardo VIII de Inglaterra y Wallis Simpson. Ahora titulados como Duques de Windsor, los distinguidos nazis esperaban en el callejón la salida del bailaor flamenco de estrecha cintura, para seguir la fiesta a tres como huéspedes de Stavros Niarchos en el Creole.

Rocky ha sido el mejor organista de la catedral de Tito’s, el compositor de su banda sonora antes de la pandemia de djs y de cjs (cortadores de jamón). Cuesta competir, en la sala donde Charles Aznavour cantó La bohème en 1966 ante Moisés Tshombe, el presidente de Katanga y jefe de Gobierno del Congo a quien Mobutu acababa de condenar a muerte. Chahnour Varinag Aznavourian nunca se había prestado a actuar en una sala de fiestas, tal era el magnetismo del templo palmesano. Quién pudiera localizar a la espectadora que, en medio de una terraza enfervorizada, gritó que «también Napoleón era bajito».

La salida a la venta de Tito’s ha pillado al alcalde de Palma Graffiti, la nueva denominación de la ciudad, sin hallarse sorprendentemente de vacaciones. Su resignación abúlica ante una reconversión urbanística de la catedral pagana obliga a recordarle que con los mitos no se juega. Una endeudada Josephine Baker canceló abruptamente dos galas en Tito’s en 1962, pero rectificó al año siguiente ante la amenaza reputacional.

Es posible que Tito’s tenga demasiada categoría para la Mallorca actual. Ahora bien, su jibarización a bloque de apartamentos que los palmesanos no puedan comprar, rematado por la inevitable tienda de bolsos y el bar de tapas, es un exceso incluso para nuestra tradición. Si desea medir la distancia con los años sesenta, en una misma noche de 1966 actuaban Sacha Distel en Tto’s y Salvatore Adamo en Tagomago, adonde se desplazó su compatriota para jalear conjuntamente al tablao de la sala que gestionaron Els Valldemossa.

Tal vez la mejor definición de la impresión que causaba la sala corresponde a Gilbert Bécaud, tras su actuación frente a un público en el que figuraban Rossanno Brazzi y su esposa, Lidia Bertolini. El compositor de Nathalie aseguró sentirse «como si acabara de hacer intensamente el amor con una hermosa mujer». En fin, Tito’s es el epicentro de Gomila, compensado por establecimientos como El Patio, el restaurante del cañizo inconfundible donde en 1963 cenaba Juliette Greco, la musa existencialista que el pasado septiembre dejó de existir.  

Reflexión dominical datada: «Cada dia sembla dur el pes de tots els dies». (Bartomeu Bennàssar, Dietari d’un confinat)

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